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Todavía recuerdo cuando mi madre me regaló los álbumes con sus singles “de juventud” en vinilo a 33 y 45 rpm. La llamo para que me recuerde sus grupos favoritos y se emociona, mientras me deletrea nombres imposibles en inglés: los americanos The Four Knights con su “I get so lonely” de 1954, Paul Anka, The Animals… Y entra en éxtasis al recordar a Pino Donagio y a Los pekenikes. Aún recuerdo las sesiones de tangos de mi padre en su feo Peugeot 504, grabadas en casetes por las que ahora daría mi brazo derecho: “Qué falta de respeto que  atropello a la razón, cualquiera es un señor, cualquiera es un ladrón…”. Tarareábamos toda la familia el Cambalache camino del pueblo de los abuelos.

Mi generación ha tenido el raro privilegio de estar viviendo a caballo entre el formato y su inexorable desaparición. Hemos vivido la revolución del CD desplazando al mítico LP. La desaparición de la Cara A y Cara B fue para mi una verdadera conmoción: uno podía llegar  a saber el tipo de canción en función de si estaba al final de la Cara A o al final de la Cara B. El LP como concepto, como segunda unidad básica después de la canción. Hemos vivido el crack del 2000 con la aparición de Napster con su software p2p de intercambio de ficheros y el abaratamiento de las “tostadoras” y los cd, lo que permitía las copias caseras a bajo coste. Era el principio del pirateo indiscriminado. En este mismo año 2000 Apple compraba SoundJam, el software que serviría de base a iTunes, lanzado en 2001, y plataforma más tarde para la creación del iPod. Internet, pese al crack del NASDAQ en 2003, entró en nuestras vidas para quedarse. Dos años antes, en 2001, nació la primera “radio a la carta” gratuíta en internet: Rhapsody. Sólo fue la primera.

Y en este proceso qué cosas han cambiado en mi vida. Mis vinilos acumulan polvo y no compro un CD desde hace años (todos mis CD están en carpetas y las contaminantes carcasas de plástico en contenedores para reciclar). Simplemente he dejado de hacer el ritual esencial en otros tiempos para mi de cada mes, de cada semana: ir a tiendas de discos. He sustituído el equipo de música por mi laptop y lo tengo conectado a la TV y a un disco duro externo de 1Tera: tengo todo mi música en Mp3 y en iTunes. Y aún así, he de decir que tampoco escucho la música que tengo en este soporte digital (MP3) salvo en el iPod del coche. Entonces, ¿dónde escucho yo la música?

Lo cierto es que sólo escucho música en Last.fm y en Spotify y creo que va a ser cada vez más así para todo el mundo. De hecho soy suscriptor de Last.fm y acabaré siendo de Spotify cuando aumente su oferta de música no sólo de grandes sellos: ya puedo pasar mis listas de Last.fm a Spotify pero este no tiene ni por asomo todo lo que sí puedo escuchar el last.fm. De hecho… cuando esto ocurra y pueda escuchar toda la música que quiera, cuando quiera, donde quiera (todavía el gran escollo para la radios online)… simplemente dejaré de comprar música, ni siquiera a través de iTunes. Es decir, toda la música que yo escucho carecerá de soporte y todo lo que la música es para mi serán listas de reproducción en mi perfil de una web. Mi hijo, sabrá de mis gustos musicales a través de mi lista de favoritos, de mis grupos más escuchados y de la información que he acumulado de ellos y de los grupos a los que pertenezco. Ya no habrán viejos discos con nombres a boli, ni libretos de canciones en couchè, ni casetes decoradas a mano que pasen de padres a hijos. Mi hijo heredará… mi perfil en Spotify.

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